De la urgente reinvención de la policía

De la urgente reinvención de la policía

Hablar de policía municipal en México es reconocer que una de las tareas pendientes de nuestra pobre democracia es la construcción de una institucionalidad sólida, eficiente y transparente. La poco o nula legitimidad que muestran muchas de las instituciones policiales frente a los ciudadanos es una de las principales razones de fondo del estado crítico que estamos viviendo, especialmente en materia de seguridad, violencia y criminalidad. Hoy la policía enfrenta enormes problemas de identidad y de organización que obstaculizan el cumplimiento de sus objetivos fundamentales. En muchos sentidos, nuestros policías se han desempeñado durante largo tiempo en un entorno éticamente enfermo que históricamente se ha fundado sobre bases patrimonialistas del ejercicio del poder y el goce extendido de la trasgresión y el delito. Esto ha impedido que la policía defina sus misiones como un servicio a la ciudadanía y a la protección de los derechos humanos y, por tanto, que conduzca sus operaciones acorde a éstos.

Las policías han sido tradicionalmente instituciones cerradas, desconfiadas, que han tenido esquemas de rendición de cuentas en extremo débiles ante los Congresos, el sistema de justicia penal y las instituciones públicas defensoras de derechos humanos. Las diversas instituciones, la sociedad civil especializada o la academia han encontrado con frecuencia dificultades para participar en el escrutinio sobre ellas. Los espacios y mecanismos efectivos de diálogo y cooperación entre la policía y las comunidades a las que debe servir han sido escasos, y los existentes todavía son débiles y requieren de un desarrollo más sostenido, duradero y productivo que trascienda la lógica informal vigente de habilitar e inhabilitar dichos mecanismo según los deseos de los jefes en turno.

En este sentido, hay una deuda histórica con las transformaciones profundas que requieren las instituciones policiales mexicanas, fundamentalmente en su cultura organizacional, su estructura administrativa y su proyección pública. Ciertamente hay algunos tibios avances: se trata en muchos casos de reformas parciales que adquieren su propia fuerza e impacto dependiendo de las voluntades, los vaivenes políticos y los contextos locales; es decir, son procesos muy diversos e irregulares a lo largo y ancho del territorio nacional. No es lo mismo hablar de la policía municipal en la Montaña de Guerrero, donde en un municipio como el de Alcozauca, con 18,971 habitantes, en 2012 se componía de 33 hombres, de los cuáles sólo 26 estaban activos en la gestión de la seguridad pública; que hablar de la policía municipal de Tijuana, con un estado de fuerza que supera los 2000 policías. Ni tampoco hablar de una policía municipal como la de Querétaro, con un fuerte compromiso de modernización y abierta al escrutinio ciudadano desde la oficina de la Dirección de Auditoria Policial del propio municipio; que hablar de la penetración sin límite de la delincuencia organizada en policías municipales como la de Iguala o la de Ecatepec, cuyos casos de implicación directa en delitos como homicidio y secuestro tanto nos han impactado en fechas recientes (http://www.excelsior.com.mx/comunidad/2014/10/16/987345 ).

Justamente uno de los argumentos centrales que avalan la propuesta de desaparición de los operadores del sistema de seguridad en el orden municipal se justifica a la luz de la innumerables evidencias de debilidad institucional que muestran muchas de ellas: dispersión y pésima distribución y cobertura; dificultades para unificar criterios, sistemas, métodos, procedimientos y acciones de reducción de la delincuencia; déficit de profesionalismo y bajo nivel de escolaridad; policías viejos; elevada vulnerabilidad ante la corrupción, etc. Sin embargo –digámoslo con claridad–, todos esos asuntos parten de generalizaciones que no reconocen la diversidad de cuerpos policiales municipales preventivos que existen en el país, su composición y características, sus avances, logros y debilidades. Y eso sí, poco apuntan esos argumentos a favor de la desaparición de las policías a cómo se ha tratado de hacer frente a los desequilibrios o desbalances policiales desde el Sistema Nacional de Seguridad Pública y a su incapacidad para garantizar el necesario proceso de homologación o estandarización que impone un sistema policial como el mexicano.

Asimismo, se da por sentada la superioridad de la Policía Federal, cuyos indicadores se encontrarían por encima de sus pares municipales. No obstante ello, su integridad y su honestidad se ponen en entredicho permanentemente. Ejemplo de lo anterior es la implicación de federales en delitos como el secuestro o el robo. Estos hechos también hablan de las debilidades de la Policía Federal para conducir el sistema de seguridad pública y dictar las directrices generales en la restructuración organizacional, el funcionamiento policial y el desarrollo de estrategias eficientes frente a una realidad delictiva cada vez más violenta y compleja.

Estoy cierta de la importancia que hoy reviste que impulsemos un debate intenso y productivo sobre la transformación del sistema policial (como podría ser el de transitar de un sistema descentralizado a un sistema de mando único), pero me parece que la reflexión más importante a la que deben llevarnos los signos del desorden consistiría en reconocer que la policía en México, a lo largo de su devenir institucional, no ha respondido –ni responde– a modelo policial alguno. Los híbridos que han caracterizado a los tres niveles de gobierno constituyen un reflejo incuestionable del desinterés histórico del poder político por la seguridad y por el instrumento de autoprotección social por excelencia, la policía. Por ello, hoy más que nunca estamos urgidos y llamados a responder qué policía queremos y con ello, delinear el camino para revertir una larga historia de deterioro, abandono y desorganización institucional y configurar una policía democrática, que respete los derechos de la ciudadanía, que estimule la participación y que sea representativa. Ojalá que no sea muy tarde.

 

Texto publicado originalmente en Milenio y reproducido con permiso de la autora. Las opiniones expresadas por nuestros colaboradores son a título personal y no necesariamente reflejan la postura de Jalisco Cómo Vamos.
Luces de policía por la noche. Créditos de imagen: bionicteaching en Flickr, bajo una licencia de Creative Commons de Atribución-Uso No Comercial

María Eugenia Suárez de Garay

María Eugenia Suárez de Garay

Integrante del Equipo Temático de Seguridad en JCV. Es directora de Investigación Aplicada en Policía, Seguridad y Justicia del Instituto para la Seguridad y la Democracia (INSYDE).

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Integrante del Equipo Temático de Seguridad en JCV. Es directora de Investigación Aplicada en Policía, Seguridad y Justicia del Instituto para la Seguridad y la Democracia (INSYDE).

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